sábado, 25 de febrero de 2017

Bloqueo creativo


Leí un libro que se autoproclamaba -seguramente con razón- como “método definitivo para dominar la escritura”. De él aprendí que lo más importante para cualquier escritor es la huida del bloqueo; entendido este como el hecho de estresarse delante del papel en blanco buscando incesante y forzadamente una idea que no ha existido nunca a la que se quiere apresar en tinta. Para que esta situación no se produzca, rezaba el libro, es necesario que el escritor no malgaste su precioso tiempo y sus ganas de trabajar forzando su creatividad en el momento exacto de redactar su escrito. El pensamiento obligado delante del papel conduce sistemáticamente al bloqueo. 
Del autor del libro (coach estadounidense para más señas) aprendí en una tarde como que el proceso correcto para escribir era inverso al que yo practicaba. Primero debe aparecer la idea y hay que estar atento para poder atraparla en ese mismo instante sin intentar correcciones, sin querer darle una estética perfecta, sólo aferrándola a nosotros, asegurándonos que ese momento fugaz ha quedado impreso para siempre y que si esa sugerencia maravillosa no cobra en un futuro estética no será más que por nuestra incompetencia narrativa. El problema es que esa magia creativa suele aparecer justo cuando no la estamos buscando y pocas veces en los momentos en que el escritor decide ponerse a escribir. El libro proponía una solución a este dilema y era tan simple como trabajosa. Consistía en ser sistemático y disponer siempre de una libreta y un bolígrafo a los que echarles mano en tales situaciones. Se sugería que los sitios más inverosímiles y menos poéticos son los mejores donde dejar las libretas. Precisamente las actividades cotidianas más rutinarias se erigen como los espacios de pensamiento propicios para que surjan de manera espontánea y sin esfuerzo los conceptos más buscados.
Finalizada la lectura de este pequeño prodigio de autoayuda decidí sin más dilación aplicarme inmediatamente todos estos métodos. Mi situación no era desesperada. Escribía a cuentagotas y no me suponía un enorme esfuerzo. Nunca me sentí absolutamente bloqueado delante de un papel puesto que dejaba correr la imaginación y obtenía resultados rápidos y satisfactorios. En el fondo me sentía buen comunicador con una excelente dosis de sentido estético, con una clara visión del concepto expuesto y con una magnífica repulsión hacia lo establecido. Me propuse simplemente escribir más y mejor. 
Con el método aprendido, rápidamente empecé a obtener resultados sorprendentes. Súbitamente mientras me afeitaba, de entre mis pensamientos banales surgía uno brillante que de inmediato cobraba forma escrita en mi libreta del baño. Mientras cocinaba y decidía si echar más sal al guiso, otro maravilloso flash creativo. Mirando distraídamente la televisión, en el autobús camino del trabajo, rechazando la oferta callejera de dos mormones, pidiendo un cortado, haciendo el amor... los momentos se multiplicaban y siempre tenía ahí a mano una libreta donde anotar mis genialidades. Las libretas se expandieron por doquier repartidas por toda mi casa. Escribir se convirtió en algo tan cotidiano como fregar los platos... no me requería ningún esfuerzo mental importante. Las ideas me asaltaban a raudales. Mi creatividad empezó a desbordar la rapidez de mi mano sujetando un bolígrafo. Publiqué tres libros de cuentos en menos de un año y de inmediato hubo unanimidad entre crítica y lectores. Mi triunfo parecía absoluto y decidí dedicarme enteramente a la literatura. Me avalaba una prosperidad económica nunca imaginada por mí y ello me animó al fin a abandonar mi antiguo trabajo para poder ser yo mismo mi propia empresa.
Por un tiempo pude vivir bien de mi creatividad pero recientemente todo ha cambiado. Esos momentos en que surge espontáneamente una idea y yo la atrapo al vuelo son distintos. Antes eran prácticamente involuntarios, casuales... ahora los busco con desespero, los necesito para escribir. Me afeito con la esperanza de tener una señal, viajo en autobús durante horas proponiéndole a mi mente divagar... mis espacios cotidianos han dejado de serlo y ya no sé que inventarme para alimentar mi autoengaño de que pienso algo sin necesidad. Creo que estoy definitivamente bloqueado. Mierda de libro.



El vecino del segundo C



El vecino del segundo C me resulta tan próximo como desconocido. Aún habiéndole saludado miles de veces a lo largo de estos diez años, sonreído en el rellano, mirado de soslayo dentro del ascensor, conversado sobre las minucias de los que no quieren llegar a ningún tipo de comunicación superior o comentar brevemente algunas anécdotas cotidianas. Aún así ese tipo se me presenta como un ser lejano, desconocido y algo estirado.
No deja de ser curioso que alguien que duerme a menos de tres metros de mí, al que escucho roncar cada noche y al que animo secretamente de vez en cuando en sus noches de buena suerte mientras hace el amor con alguna nueva mujer y con el que me río escuchando sus tremendos pedos matinales sea alguien del que apenas sí conozco su nombre, aprendido un dia en una de las sagradas reuniones de propietarios en el vestíbulo del viejo edificio.

Ramon. Ese es su nombre. Según la vecina del entresuelo trabaja en un importante periódico como documentalista  y corre el rumor (no se por dónde) que le gustan los chicos. Pero yo sé que no. Le van las chicas y además gritonas. Por lo que he podido controlar tanto se tira a extrangeras como locales aunque su noche más  frenética la pasó con una latina -mi imaginación salida dice que exuberante- que gritó toda la noche con tanta fuerza que me parecía sentirla en mi cama. Creo que aquél día Ramón terminó exhausto aunque cumpliendo como un verdadero atleta.

A Ramón le va el fútbol. Suelo escuchar sus gritos y rugidos solitarios a cada gol del Barça. También le pone la música: Pearl Jam y música jazz antigua resuenan con fuerza muchos sábados por la mañana. En eso compartimos gustos.

Se trata de un tipo normal aunque le tengo algo de envidia: complexión atlética, alto, diría que muy atractivo, elegante y amable. Un soltero de los de buen ver, pese a su cuarentena (supongo) bien llevada.   Sin aparentes angustias económicas lleva siempre ropa cara y tiene una moto espectacular con la que cada dia va y viene del trabajo.
Muy de vez en cuando escucho reuniones de amigos en el salón que terminan a altas horas de la madrugada.

El año pasado lo encontré un día en el rellano andando con dificultades apoyado en muletas. Me contó que se había lastimado la rodilla esquiando y me ofrecí a hacerle alguna compra o favores que necesitara. Agradecido, rehusó la ayuda comentándome que su hermano pequeño estaría en casa con él por un tiempo. A partir de aquél momento noté mayor efusividad  y alegría en nuestros encuentros.

Ramon compra en la tienda ecológica de la calle de arriba por lo que deduzco que debe cuidar bastante su alimentación. También lo he visto entrando más de una vez en la herboristería y en la tienda de productos de higiene. En esta última coincidimos hará unos quince días y observé que en su cesta llevaba crema depilatoria masculina, cera para el cabello y otros productos.

Se que se trata de un tipo catalanista por su estelada colgada en el balcón. También intuyo su orientación progresista por su entusiasmo en las caceroladas vecinales de protesta y por el libro de Escohotado que un día le vi bajo el brazo.

En verano acostumbra a estar ausente aunque el año pasado estuvo en casa todo el período vacacional acompañado de una pareja norteamericana. Según ellos mismos me contaron en el ascensor eran viejos conocidos del màster en Chicago.

Ramon se presenta amable y respetuoso con todo el mundo. Sólo le he escuchado exabruptos y malos modos hablando por teléfono con su padre y con un tal Josep. En tales conversaciones escucho a Ramon vociferar y desesperarse. A menudo le espeta a su padre que no le consiente que intente controlar su vida y que ya es mayorcito. Sin embargo dichas conversaciones parece que terminan amorosamente.

Ramon anota minuciosamente y con buena letra el consumo de gas y electricidad, siempre en color rojo. Me pregunto si siempre lleva encima un bolígrafo de dicho color.

Los últimos años unas canas incipientes le han aparecido por encima de las orejas y en la barba de pocos dias que lleva siempre perfectamente recortada. Le dan un aire maduro que creo que las mujeres deben encontrar irresistibles.

En las reuniones de vecinos nunca se muestra inquieto, inclusíve en aquellas con mayor tensión y enfrentamientos. Ciertamente se dedica a mediar entre las posiciones y con un tono relajado y amistoso consigue que los bandos enfrentados se relajen y consigan consensuar argumentos. Su exposición sencilla, clara y directa así como sus extraordinarios modales y uso respetuoso del lenguaje junto a una clara maestría en la oratoria y la comunicación no verbal provoca que las personas mayores de la finca le den la razón sistemáticamente y que las más jóvenes no encuentren mejor explicación. Ramon acostumbra a hablar al final de la reunión resumiendo lo dicho, acercando posiciones enfrentadas y supongo que también enarbolando sutilmente su punto de vista personal sobre la cuestión. El presidente, Antonio -un fontanero retirado- va asintiendo con la cabeza la exposición de argumentos de Ramon y a menudo el cierre por su parte no es mas que una repetición de lo que expuso el vecino del segundo C.

Que Ramon se me antoje como un ser lejano no deja de ser curioso. Desde mi ofrecimiento de ayuda en su período de convalecencia noto que se me aproxima con creciente animosidad. Inclusive la semana pasada me invitó a su casa a ver el partido de Champions sabedor él de mi afición futbolera , invitación que decliné amablemente puesto que ya había quedado con mis amigos de siempre en casa de Sergio.  Sin embargo cabe decir que estuve a punto de presentarme en casa de Ramon con unas cervezas aceptando el convite. De echo nunca estuve en su casa y a menudo juego a imaginar como debe ser la decoración y el estilo general. Por su clase y buena pinta intuyo que su hogar será acogedor y moderno, con pocas concesiones a experimentaciones estéticas y con un despacho bien nutrido de libros tanto técnicos de su profesión como de literatura.

Que Ramon siga pareciéndome un desconocido tras diez años de vecindad dice mucho de la sociedad en que vivimos y bien poco de mis habilidades relacionales para con el vecindario. Sin embargo y tras meditar sobre ello tal vez yo conozca a Ramón bastante más que muchas de las mujeres que pasan por su lecho o que algunos de sus amigos y familiares. Este hecho me conmueve y me lleva a pensar que tal vez él sabe más de mí y mis hábitos cotidianos que muchos de mis seres más allegados. Tal vez, llegados a este punto, sea buena idea proponerle una invitación inesperada para ver un partido especial que den en abierto. Tal vez la final de copa pueda ser la oportunidad.
A decir verdad debo reconocer que mis días acontecen solitarios al llegar a casa y tener a un amigo que vive en el mismo edificio seria una gran notícia.

Me pregunto qué debe pensar él de mi y fantaseo con ello: "mi vecino del 2o a? Pues parece un chico majo y amable. Se me ofreció cuando estaba enyesado a hacer compras y desde ese momento no dudé en tener mayor relación con él. Sin embargo parece algo solitario. Nunca le vi en compañía femenina por lo que o bien debe ser gay o bien no se come un rosco. No es que sea feo pero sí que anda algo descuidado; esa especie de estilo semi hippioso de los que se las quieren dar de progres con ropa de mercadillo y camisas mao pero se gastan 200 euros en unas botas de montañismo.
No tengo idea de a qué se dedica pero si tuviera que decantarme por algo diría que es psicólogo, tal vez periodista o librero. Cierto! A menudo lo veo con un libro bajo el brazo! Recuerdo cuando se le cayó en el ascensor un pesado volumen de "Guerra y Paz"!
Por lo demás no me parece un tipo especialmente divertido. Callado. Tímido. Con buena educación y silencioso ... A excepción de los terribles ronquidos que a menudo me despiertan asustado.

Me parece un hombre algo aburrido pero con tintes de misterioso. Me pregunto qué deben contener los extraños paquetes embalados en negro que recibe tan a menudo. Mas de una vez he pensado que debe tratarse de juguetes sexuales que compra por internet. El tio debe disponer de todo un arsenal! Y de qué tipo serán?... Masturbadores masculinos de todo tipo?, muñecas hinchables?, mecanismos anales?, tal vez se disfraza de mujer en su intimidad?... Que cachondo! Me encantaría ir un dia a su casa para husmear disimuladamente. Tal vez mi vecino tan modosito sea toda una bestia sexual onanista. Me pregunto si un dia de estos me devolverá la invitación para ver el fútbol que le ofrecí".

jueves, 16 de febrero de 2017

HÉROE EN POTENCIA


Después de la tormenta viene la calma. Al menos ese pensamiento circulaba por su cabeza como un mantra desde que había salido de la ducha matutina aquél viernes gris.
Pau era hombre de pocas palabras para sus allegados pero elocuente y gran conversador para consigo mismo y para extraños. Y aquella mañana no iba a ser una excepción. Mientras devoraba los restos  secos de pizza de la noche anterior podía escuchar claramente sus propios pensamientos, ahora fortalecedores y positivos ("puedes con todo, eres fuerte"), ahora descorazonadores y deprimentes ("no vales nada, lo has perdido todo, dónde está tu talento y fuerza de antaño?).  Dialogaba consigo mismo buscando y contrastando argumentos, mostrando evidencias y citando sueños imposibles.

Al salir de casa una algarabía de palomas picoteaba las migas de pan  que la vecina del segundo acostumbraba a lanzar por la ventana. Sin inmutarse, sus pasos firmes provocaron un revuelo histérico de  ratas aladas para regocijo personal y enfado de la señora Ramona.

Como cada día desde que había perdido su trabajo de toda la vida en el banco, su rutina matinal pasaba por sentarse diez minutos en el bar de Lili (antaño el gallego del barrio) y desayunar apaciblemente hojeando La Vanguardia mientras escuchaba las conversaciones de las mamás que acababan de dejar a sus pequeños en la escuela. Se trataba de conversaciones sobre los compañeros de clase, enfermedades de los niños y otros aspectos cotidianos tales como el asco que algunas mujeres sentían por sus maridos y los remedios sexuales que proponían. Por ello Pau, que aún a sus cuarenta y cinco años sentía necesidades sexuales, desplegaba sutilmente su antena para escuchar con atención lo que aquellas mujeres jóvenes pedían, para sonrojarse con las historias que se contaban entre sí y para imaginarse envuelto entre las sábanas con aquella morena bajita con ojos achinados que tanto le ponía.

Aquella mañana iba a ser distinta. El destino quiso que Pau al salir del bar tomara una calle distinta a la habitual y entrara por una callejuela estrecha que no conocía. Había leído en algún lado que uno de los secretos de la felicidad pasaba por modificar pequeñas rutinas cotidianas, ir al trabajo por otros caminos o hacer cosas nuevas cada dia.
Anduvo por el callejón hasta detenerse enfrente de un contenedor de obras con una gran mochila negra emergiendo por entre los escombros. Tentado de adivinar lo que contenía no dudó en aproximarse y cogerla. Para su sorpresa mostraba una extraña carga aunque bastante pesada. La arrastró un poco hasta sacarla del contenedor, situándola en el suelo para poder abrir las cremalleras.

Pau se quedó pálido. Acababa de encontrar un fusil de asalto con munición. Miró de lado a lado de la calle para ver si alguien lo observaba.
Dejó la mochila y se apartó unos metros, asustado primero, pensativo después: "será una broma de cámara oculta?, un artefacto que un terrorista rajado decidió abandonar ahi?, un soldado huído tal vez?". Fuera como fuere Pau sentía que esa mochila no estaba allí por casualidad y que el hecho de habérsela encontrado era una respuesta a alguna de sus preguntas diarias. "Será que el destino dispuso que yo me encontrara este arma para hacer algún uso específico necesario?".
Tras escasos minutos de deliberación interna decidió cargársela a la espalda y andar rápido hacia su apartamento.
Con las pulsaciones a mil y con ciertas dificultades nerviosas consiguió a duras penas abrir la puerta y buscar en su ordenador la referencia del arma que llevaba consigo.
Se trataba de un Ak-47. Un arma muy famosa y muy fácil de cargar y usar. Tanto que Pau rápidamente se vio en disposición de cargar y probar sin disparar. Se trataba de algo tan fácil que él mismo no daba crédito!

Se sentó en el sofá. Ak-47 en mano. Cerró los ojos y dio rienda suelta a sus fantasías más salvajes.
Disponía de un arma. Podía matar. Él. Pau. Un barcelonés normal, de cuarenta y cinco años, divorciado, amante de los cómics, en paro tras veinte años de dedicación sumisa al maldito banco que también lo había deshauciado, independentista, barcelonista, austero, bromista, despistado, amante de su familia sin tener ya a nadie, motero sin moto, bloguero (mostraba con orgullo su blog de mótards), deudor, civilizado, tranquilo, izquierdista recién converso tras una vida entera votando a CIU, anticatólico reservado, buena gente en general. Una persona normal con el poder de aniquilar.
En ello cavilaba mientras el viernes seguía su curso y el resto de barceloneses se afanaban en  prepararse un fin de semana reparador.

Pau se aferraba a su arma. Sentado en el sofá iba pensando en las diversas opciones que se le presentaban: podía acudir a los mossos y explicar su hallazgo o bien podía guardársela de recuerdo como curiosidad o bien... Podía usarla!

Tras esta idea un leve escalofrío recorrió su espalda. Soltó instintivamente el dedo del gatillo y el Ak47 quedó reposando, dormido sobre sus piernas.  "Bien mirado" -se dijo- "debería sentirne mucho más asustado de lo que ahora mismo me siento".  Y a partir de ahí inició una grave conversación interna donde los argumentos contrapuestos sobre si contactar con las autoridades o no fueron debilitándose mútuamente para emerger paulatinamente un debate moral sobre si era lícito o no usar el fusil. Sorprendido, Pau, fue objetivando cada vez con mayor fortaleza la idea moral que no sólo le permitía sino que más bien le empujaba  a hacer uso del poder aniquilador que el destino había dispuesto en su camino.  Un juicio moral propio muy influído por los recientes desastres encadenados en pocos años. Para un barcelonés medio educado en el ahorro, la búsqueda de la seguridad y estabilidad, las máscaras sociales, el "qué dirán", la ocultación de emociones y la honestidad aparente no resultaba fácil encajar vivir sólo en un piso de 30 metros habiendo perdido su ático con terraza, olvidar los viajes,  la cornamenta con su mejor amigo, la compra semanal sin fijarse en los precios, el orgullo de dirigir una oficina bancaria y presentarse como Director, la muerte por tristeza de sus padres tras perder su piso al haber avalado a Pau en su hipoteca, el abandono de sus amigos al no seguir su rítmo habitual de vida, las llamadas habituales reclamando pagos atrasados, la venta de su amada Harley y de otros muchos enseres ahora inútiles; la felicidad depositada en la estabilidad y la comodidad.

Pau sentía una rabia inmensa hacia el sistema que lo había encumbrado primero para mostrarle después la realidad del mismo. Y ese odio se hacía extensivo por momentos tanto hacia las piezas psicópatas dirigentes como a la diversidad de personas ignorantes -como él mismo hasta ahora- que apuntalaban cada día las bases del mismo sistema extorsionador, injusto, esclavista y radicalmente cruel que todo lo envolvía.

Anclado en ese odio profundo poco a poco comenzó a justificar éticamente un posible uso del fusil. El hecho de aniquilar alguna de las piezas claves del sistema resultaría en un claro beneficio para el resto de la humanidad. Básicamente Pau se posicionó en la idea que un acto de violencia pasaba a ser un acto de bondad, un sacrificio para el bienestar de los demás.

Tras dos horas de deliberación interna se sorprendió al observarse de nuevo con el dedo en el gatillo, con fuerza interior para sacrificarse y actuar movido más por la venganza que por la justícia.
Cerró los ojos y decidido a convertirse en asesino trató de hacer un listado de sus posibles víctimas descartando por la extrema dificultad a personajes clave del esclavismo actual como los Rockefeller, Rothschild, Morgan, Walburg, Kissinger  o algunos de sus hombres de paja en el sistema (los políticos dirigentes de los estados y regiones) responsables psicópatas.
A su vez se fijó en los dirigentes de las grandes corporaciones y bancos determinando que el acceso a ellos era también muy complejo. Fue repasando también otros cargos como presidentes de las filiales de multinacionales en Catalunya, altos cargos policiales y militares o dirigentes de hidroeléctricas, traficantes legales de armas, petroleras así como economistas, grandes financieros y intelectales reaccionarios sostenedores ideológicos del sistema. En cada caso se imaginaba a si mismo trazando un plan para acercarse al personaje y disparándole sin misericordia. Disfrutó exhiguamente en la ensoñación del asesinato múltiple de la cúpula de la Fundación Faes en el marco de un congreso y su sed de venganza también entró en catársis al imaginarse disparando contra el director de zona de su banco (el mismo que lo había despedido primero y deshauciado después), a un obispo reaccionario,a Jordi (el amigo de toda la vida que se acostaba con Judith),  a Judith y su abogado, al presentador del maldito programa de prensa rosa, al dueño de la cadena de televisión, a los altos ejecutivos  del grupo de comunicación, al presidente de la asociación fascista de su barrio, a la administrativa de hacienda que lo humilló en la  delegación, al policía que entró en su domicilio y le instó a marcharse y apremiarse en coger las últimas cajas, al coach personal que le indicaba que la vida era maravillosa y al inventor de la frase "si la vida te da limones prepárate una rica limonada".

Poseído por la rabia abrió los ojos, tomó el móbil y se pasó el resto del dia anotando en el bloc de notas todas y cada una de las posibilidades de asesinato, trazando planes, organizando detalles mientras encontraba cada vez más claras justificaciones, convenciéndose de la necesidad de actuar y no ser una pieza sumisa más del sistema, envalentinándose más y más comprendiendo que no tenía mucho que perder; sin casa, sin familia ni amigos, sin futuro, sin ilusiones. Sólo su cuerpo y mente. Y llegados a este punto se creía perfectamente capaz de sobrellevar una vida de presidio (entregarse era un hecho obligado, no tenía madera de mártir) y aún más viviendo el resto de sus días como héroe, rebelde y justiciero.

Escribió y escribió. Se olvidó del almuerzo y de la cena. Sin moverse del sofá y acariciando de vez en cuando su fusil se iba reencontrando poco a poco con su espíritu creativo, emergiendo de nuevo su energía constructiva y las ganas de vivir, el deseo y los objetivos.

Concentrado volvió a experimentar el placer de planificar, de visionar momentos futuros y acercarse hacia ellos. Excitado como hacía tiempo no se encontraba se adentró en la madrugada anotando sin cesar posibles objetivos, planes y argumentos esquivando una y otra vez el último momento, aquél en que cara a cara con su enemigo le vaciaría el cargador en el pecho.

Cuando su creatividad fue cejando fruto del cansancio Pau decidió parar y releer todas sus notas para terminar por centrarse en ese último instante de ver la muerte en los ojos del enemigo. Y fue allí donde Pau se bloqueó. Fue en esa visualización donde todo el esfuerzo previo se vino abajo comprendiendo definitivamente que no disponía del valor suficiente para matar a otro ser humano, ya fuera  de frente o por la espalda. Por muy justificado que estuviera todo Pau no era un asesino ni un psicópata y haciendo una y otra vez un ejercicio de visualización futura podía entrever en los ojos asustados de sus víctimas a las famílias que iban a llorarlos, a los hijos que iban a quedar huérfanos o sencillamente al horror de una muerte violenta.
Finalmente se hizo el silencio absoluto en su mente y consiguió mantener la serenidad para encaminarse a la cama y descansar de un dia durísimo.

Al día siguiente no tuvo dudas y sin pasar por el bar habitual a tomar el café se montó en su pequeño utilitario escondiendo en el maletero la mochila con el Ak y los cargadores. Condujo durante cuatro horas seguidas con el único objetivo de alejarse de la ciudad, adentrarse por carreteras cada vez más locales hasta dar con algún lugar alejado en el monte , tal vez un embalse donde poder deshacerse del hallazgo perturbador.

Tres años después rememora ese viaje en coche, el cruce de caminos con el control policial casual, los ojos de asombro del agente cuando abría la mochila, el revuelo mediático posterior, las cargas del fiscal revisando una a una sus intenciones detalladas en el móbil, la terrible pena impuesta por el juez y la jurisprudencia creada a raíz de su caso, su ingreso como héroe en potencia en el centro penitenciario, sus charlas con el educador del módulo, la agria visita de Judith y finalmente la falta de valor al observarse frente al espejo punzón de plástico en mano.



domingo, 12 de febrero de 2017

Ticking pag


De poco le servía en estos momentos que su hermano le hablara plácidamente de lo que había acontecido por su casa durante el fin de semana. No le importaba absolutamente nada del insulso monólogo al que estaba expuesto. De hecho sentía una gran tristeza cuando alguno de sus familiares y amigos hacían ese esfuerzo en balde de dirigirse a él como si estuvieran tranquilamente conversando delante de un café. Pensaba que era una situación estúpida. En el estado somnoliento en el que él mismo se ubicaba,  la única cuestión sobre la que no tuvo dudas desde el principio fue que estaba en coma. Nadie se lo había dicho y él tampoco era capaz de seguir el hilo de una conversación en su plenitud. Únicamente era capaz de escuchar frases aisladas y palabras sueltas que su propio inconsciente enlazaba en un argumento. Pronto se dio cuenta que no era normal aquella especie de naturalidad desgarrada con la que sus seres queridos se dirigían hacia él. Sólo le dedicaban monólogos sin esperanza alguna de respuesta y ello le intranquilizaba profundamente, no por la ansiedad de ser incapaz de contestar sino por que no podía concentrarse en aquello que realmente le preocupaba.
Ticking pag, ticking pag, ticking pag... resonaba en su mente y se mezclaba con las palabras de sus allegados. No recordaba mucho de como había llegado a esa situación. Por frases cogidas al vuelo que había podido escuchar sabia que un accidente de automóvil era la causa del coma pero no era capaz de recordarlo. Ticking pag. ¿Que significaban esas palabras que resonaban en su mente?
Él no lo recordaba pero el origen de todo aquello se remontaba unos ocho años atrás cuando empezó a trabajar en el centro de acogida infantil. Hasta aquel entonces había estado trabajando en diversos centros durante largas temporadas pero siempre como suplente. Esto le impedía crecer profesionalmente puesto que no podía desarrollar nuevos proyectos ni ahondar en el estudio de los chicos que trataba. Así pues entrar a trabajar allí supuso para él el inicio real de su “aventura profesional” – que era como realmente él vivía su trabajo como educador social-. Pronto se dio cuenta de las dificultades con las que iba a tener que enfrentarse. Su trabajo era muy duro. Cada día tenia que encargarse él solo de 15 niños y niñas de entre 8 y 11 años y procurarles un refuerzo escolar de calidad así como actividades de tiempo libre cargadas de elementos educativos que esos niños necesitaban tales como habilidades sociales básicas, autocontrol o desarrollo personal.
Los primeros meses fueron desastrosos hasta el punto que llegó a plantearse en más de una ocasión su profesionalidad. Su programación de actividades se iba diariamente al traste básicamente por que los pequeños estaban inmersos en una dinámica caótica en la que los insultos, puñetazos, golpes y gritos eran lo normal. La actividad más simple se convertía en una tarea titánica de llevar a cabo por la que el educador tenía que controlar previamente todas las variables y posibilidades de éxito o fracaso posibles. Así, la explicación de un juego fácil tenia que hacerse en un periodo no superior a los cinco minutos siendo este el tiempo máximo que todo el grupo de chavales podía prestar atención. Los cambios de sala debían realizarse en pequeños grupos bajo la excusa que eran “comisiones de trabajo” para prevenir una estampida de niños por el local. La recogida de juguetes al final de la tarde requería de una reunión previa para recordar las normativas. Las meriendas necesitaban de una rígida normativa para no acabar en batalla de bocadillos.
Con el paso de los meses empezó a vislumbrar mejoras relativas aunque cabria plantearse si estas eran objetivas o fruto de la acomodación del educador al grupo. De todos modos el nivel de estrés y fatiga bajó y esto le dejó más tiempo para centrarse en el seguimiento personalizado de los chicos con más dificultades. De entre estos había dos chicos muy conflictivos a los que resultaba prácticamente imposible poder controlar. Su agresividad era tal que el resto del grupo los temía profundamente.
El educador, haciendo alarde de sus cualidades proyectó un plan de trabajo individualizado para cada uno de ellos conjuntamente con los maestros de la escuela y los profesionales de los servicios sociales. Al cabo de unos pocos meses se empezaron a observar grandes avances en uno de los niños. Disminuyeron los conflictos, el chico logró verbalizar algunos de sus problemas más acuciantes, se consiguió involucrar a los padres (que hasta entonces negaban cualquier dificultad) y progresivamente se fueron consiguiendo pequeñas metas impensables unos meses atrás.
Sin embargo, con el otro niño –Isaac- no se observó ninguna mejora concreta salvo un contacto más estrecho entre este y el educador. Las conversaciones entre ambos iban en aumento pero el niño negaba sistemáticamente cualquier ayuda que se le intentara prestar y reaccionaba violentamente contra niños o adultos. Cuando los servicios sociales, los maestros y la madre ya habían tirado la toalla el educador seguía empecinado en su proyecto individual. Poco a poco y fruto del esfuerzo, chico y adulto fueron creando una relación peculiar por la que el menor expresaba sus inquietudes  solamente a su educador. Este, tenía que descifrar frases sueltas, dibujos, expresiones faciales y juegos para poder ir entendiendo poco a poco y vagamente el rico mundo interior que acongojaba al niño. Uno de los métodos expresivos preferidos por Isaac era el dibujo. A través de este, el niño conseguía sacar lo que de otros modos sólo salía a través de los puños, patadas y lloros.
Con el paso del tiempo el educador fue descubriendo veladamente los maltratos que el chico sufría en casa y el sufrimiento que le poseía el sentirse culpable del abandono emocional al que su madre le sometía. Nunca habló abiertamente con él de estos temas pero el niño se lo expresaba con los dibujos y ambos comprendían la comunicación que se traían entre manos. Cada vez más Isaac regalaba a su educador unas cuartillas menos crípticas y más claras de su situación. Todo ello provocó una mejora evidente en la ansiedad del chaval de la que el educador no podía evitar enorgullecerse.
Finalmente se llegó a un punto en que todos los bocetos eran fácilmente interpretados por el adulto – puede que por el conocimiento que este tenía ya de su personalidad o porque verdaderamente el niño quería comunicarse de verdad-.

Una tarde Isaac llegó al centro y como de costumbre le regaló a su educador una cuartilla dibujada. Acto seguido este se encerró unos minutos en el despacho para observar detenidamente la hoja. Se sobresaltó al ver que él mismo aparecía en el dibujo; todavía más, era el protagonista. Por vez primera el niño lo había dibujado a él. Confuso y un tanto aturdido guardó el dibujo en su cartera para mirarlo con detenimiento en casa.
Aquella noche tardó en dormirse. No podía sacarse de la cabeza a su propia caricatura flotando por los aires con cara de simpatía infantil con nubes rodeándole, con su nombre debajo y con unas crípticas palabras que no consiguió descrifrar: “ticking pag”. ¿De qué iba aquello? Hasta ahora el niño hablaba de sí mismo pero ahora aparecía su educador volando por encima de unos términos indescifrables. Por el conocimiento que tenia de la personalidad de Isaac, sabía a conciencia que en sus dibujos no había ni un solo detalle gratuito; todo gozaba de sentido y no había concesiones para la estética.... así pues ¿qué significaba aquello?
Los días que siguieron a este hallazgo transcurrieron con normalidad aunque no pudo sonsacarle al niño el significado del dibujo. Obsesionado con esto, el educador investigó las extrañas palabras en otros idiomas sin éxito, preguntó a colegas, invirtió el orden de las letras... no consiguió nada. Ofuscado por ello no supo observar con el detenimiento que hubiera requerido la espectacular mejora conductual del niño así como el hecho que ya no le entregó ningún dibujo más. De hecho el misterioso boceto que tenía en casa fue el último que el niño le regaló.

Fueron pasando los meses y los años. Isaac ya no vivía en aquél barrio y nada se sabía de él y aunque el educador ahora trabajaba en otros proyectos de mayor entidad no pasaba un sólo día en que no echara un rápido vistazo al dibujo que tenía colgado en la cartelera de su despacho y repasara mentalmente las palabras “ticking pag” mientras se veía a sí mismo flotando entre las nubes. Era una de esas incógnitas con las que tendría que vivir el resto de sus días.

Ticking pag, tickin pag, tickin pag... resonaba en su mente mientras sus familiares observaban su cuerpo inerte mantenido por un espectacular entramado de tubos y demás maquinaria sanitaria.

Fueron unas décimas de segundo. Sólo un despiste momentáneo a ciento cuarenta por hora con la carretera vacía. Por aquella carretera que tan bien conocía. El montón de hierro en que su coche se había convertido, su trampa mortal, todavía yacía a pedazos en el lugar del accidente y recordaba a los operarios de la fábrica que estaba justo enfrente la fragilidad de la vida humana. Estos, acongojados por el suceso, fueron los primeros en enviar una corona de flores al funeral. El director de “Ticking pag – rotuladores y pinceles infantiles –“ estuvo presente en el entierro en representación de todos ellos. Él tampoco comprendía cómo pudo perder el control del coche y venir a parar dando vueltas de campana hasta la misma puerta de su fábrica. 

sábado, 7 de enero de 2017

"La Juventud" de Paolo Sorrentino

Leo reconocía que sólo eran dos los motivos  por los que la noche de sábado se había decidido por aquél film, a saber, un extraordinario reparto con dos de sus actores favoritos (Harvey Keitel i Michael Caine) y especialmente por el cartel de la cinta en la que una exuberante mujer desnuda entraba en una piscina bajo la atenta mirada de los dos veteranos actores.
Nada sabía antes de ver la película en la penumbra de su pequeño salón  de Sorrentino ni de su curioso acercamiento al séptimo arte pero a medida que se iba adentrando en el relato iba descubriendo emociones recogidas, algunas recónditas y otras disimuladas, la mayoría dolorosas.

Sin duda los sinsabores de los dos ancianos protagonistas resonaron en Leo de manera extraña pese a sólo tener cuarenta años. Enfrentar la vejez y la muerte desde una vida incompleta, con objetivos inevitablemente pendientes o con heridas reabiertas a diario no resulta fácil para nadie. Uno de los protagonistas sucumbe ante todo ello mientras que el otro anciano celebra una pequeña catársis cerrando un círculo vital trágico, aunque no mucho más que el de cualquier otro ser humano.

Leo se había ido reconociendo en muchos de los diálogos y narraciones. También se había emocionado con alguna de las cuidadas imágenes, especialmente con una fantástica metáfora en la que el viejo director de cine muestra a una joven turista la forma de observar el fantástico paisaje alpino a través de un telescopio mirador a monedas: con el visor normal para ver muy de cerca lo lejano en la juventud y con el visor contrario para ver muy lejos lo cercano en la vejez.

Leo anduvo con esa imagen en la retina el resto del dia, meditabundo, analizando una a una todas aquellas partes de su vida que se veían lejanas y borrosas junto a los sueños perdidos que alguna vez había atisbado posibles, cercanos. Pese a su juventud Leo se sentía viejo y a menudo pensaba en sus anhelos juveniles, en las oportunidades derramadas sobre el mantel de su existencia. Sin trivializarlas, sentía todo ello como pequeños fracasos que, tras el mensaje de Sorrentino, se le amplificaban con dolor.

Tras finalizar el film Leo se observó detenidamente en el espejo del baño y pudo apreciar con sorpresa y contenida consternación como algunos surcos nuevos se le hundían cerca de los ojos, como esa piel de joven muchacho iba mutando en arrugas incipientes que algún día se transformarían, sin remedio, en profundos cortes. Absorto ante el espejo también se detuvo a examinar sus bíceps, antaño vigorosos y duros, así como sus hombros y torso. No se sintió invadido por la melancolía ni la tristeza; más bien una luz de realismo se le encendió con fiereza y recordó que la mitad de su vida ya era puro recuerdo y aprendizaje y que ahora debía encarar esa segunda parte con determinación, sin reprocharse los errores, alimentándose de su propia sabiduría, reconociéndose en su camino del héroe y reconectando con sus valores más profundos.  Mientras se vestía y andaba hacia la cocina para prepararse un café meditó por unos instantes sobre el ejercicio del propio funeral que Covey le había propuesto en su best seller unos años antes. Rememoró sus anotaciones hechas sólo unos tres años atrás y simplificando resultados llegó a la conclusión que tras su muerte le gustaría ser recordado como una buena persona, por amigos y familiares además de cómo alguien que ayudó a cambiar alguna pequeña injusticia del mundo.

Se sentó de nuevo en el sofá. Entre sorbo y sorbo de su expresso machiatto de máquina casera revisó sus quehaceres para el día siguiente y no encontró ni una sola acción encaminada a hacerle mejor persona o a mejorar algún pequeño aspecto del mundo. Revisó también los días siguientes de su agenda con idéntico resultado. Nada de lo que hacía a diario le encaminaba a los objetivos clave de su vida. Entre sorprendido y vilipendiado por el sistema decidió en aquél momento que algo debía morir en él en aquel instante y a su vez algo debía nacer o renacer.

Algo aturdido aunque sin caer en la histeria decidió darse una nueva oportunidad. Comprendió nuevamente que aquellas emocionadas palabras de su viejo profesor de literatura (carpe díem, tempus fugit) no eran banales y que la llegada de la madurez implicaba invariablemente el reconocimiento de haber vivido ya la mitad de la existencia asumiendo con determinación errores y sinsabores comprendiendo que aún estaba a tiempo de conseguir metas, de cumplir objetivos y de vislumbrar nuevos sueños, tal vez más realistas y viables, puede que más centrados y posibles, pero seguro que más certeros y útiles. O no.


En todo ello andaba Leo sin caer mucho en la cuenta que la mayoría de sus sueños de juventud se habían cumplido ya con creces desde hacía tiempo.

domingo, 11 de diciembre de 2016

MUEBLE DEL NIDEA


Un flamante armario ropero Molten se me aparece en las narices como por encanto. Resulta curioso el misterio por el que un humilde comprador de repente se enamora de un objeto y más si cabe en este entramado popular donde miles de muebles, lámparas, platos, cuadros, jarrones y demás enseres para el hogar colapsan nuestros sentidos. Estoy algo ofuscado pero decido de inmediato que el armario Molten es hermoso, además de muy asequible. Tras una suerte de caminatas siguiendo las flechas amarillas del suelo, búsqueda de cajas con códigos enrevesados, colas para preguntar y pagar finalmente me planto en la puerta de salida de los grandes almacenes Nidea.
Me siento agotado por el ajetreo y por un momento recuerdo aquél grupo de Facebook llamado "es más difícil salir del Nidea que de las drogas". Sonrío interiormente y empiezo a inquietarme por cómo me lo voy a montar para llevar los dos grandes bultos a casa. Mi presupuesto ajustado me impide pagar por el transporte y no dispongo de coche. Por suerte pensé en todo y me traje una pequeña carretilla plegable con previsión de las dificultades.
Entre las miradas y algunas risas de los transeúntes consigo encajar y atar los dos grandes bultos en la pequeña carretilla. Soy consciente que doy una imagen algo penosa y me siento  ridículo cuando intento entrar en el ascensor del metro.
Tras un par de intentos y ayudas bondadosas de otros viajeros consigo acceder al convoy suburbano bajo la atenta mirada del resto de pasajeros que me observan con expresión de incredulidad algunos y con cierta mofa contenida los más.

Lo tengo todo previsto. No voy a hacer ningún transbordo aunque soy consciente que deberé andar cargado un buen rato para llegar a casa.
Una hora más tarde consigo subir los bultos sufriendo los 4 pisos hasta mi apartamento. La decepción que sentí al comprobar que los dos paquetes no cabían en el ascensor fue descomunal.

Cierro la puerta de mi casa y no tengo fuerzas de llegar al sofá. Tirado en el pasillo en un charco de sudor me pregunto si no podía haber conseguido  los treinta euros del transporte por algún lado. Mirando al techo me pregunto de dónde voy a sacar ahora las fuerzas y la concentración para desembalar todo y proceder al montaje.
Pese a todo y tras descansar diez minutos recordando el martirio sufrido me vengo arriba y abro las cajas examinando atentamente las piezas y atendiendo a las instrucciones primero en sueco y más tarde en español. Me pongo a ello. Son las 4 de la tarde y decido no comer hasta que mi flamante Molten esté erguido y orgulloso en mi habitación recién pintada de azul.
A las once de la noche mis fuerzas flaquean. Mis músculos desentonados recuerdan la hora y media aguantando con una mano y el pie derecho una madera inmensa mientras intentaba atornillar con la otra los malditos estantes de arriba, la barra y unos hierros extraños que espero servirán para algo más tarde.
A las once y quince paso a la fase final del montaje. Sólo me queda montar los cajones y atornillar la puerta derecha. Ahora sí, una leve sensación de emoción creciente se va apoderando de mí. Unos pocos pasos más y mi Molten estará operativo. Ya tengo los tres cajones encajados y me dispongo a dar el último paso, el más fácil: meterlos en las guías. Sin embargo al poco tiempo atino que parece que no encajan bien. Pruebo de nuevo y un intento tras otro fracasa. Me pongo nervioso y intento relajarme a través de la respiración. Compruebo las instrucciones y insisto una vez tras otra inútilmente. No puede ser que el último paso de mi pequeña odisea doméstica se me resista. Tras media hora desesperante decido analizar detalladamente las piezas ya montadas. Analizando las instrucciones doy con el problema. Las guías están atornilladas al revés! Cabreado conmigo mismo pero a la vez feliz por haber hallado la solución descubro que para poder deshacer el entuerto y poder por fin instalar los cajones dentro del armario deberé una tras otra desmontar cada pieza, tuerca, tornillo, puerta, guía y demás hasta tener que empezar de nuevo. No puede ser. Me desespero y maldigo. Tiro con rabia el destornillador y le pego una patada al embalaje. Lloro de rabia. Me retiro a la cocina y me abro una lata de cerveza. Mi mente divaga en círculos tentado con la idea de disponer de un flamante Molten pero sin cajoneras internas. Me esfuerzo per desechar esta idea. Quiero desmontar todo de nuevo e ir al origen del problema. Sin embargo algo me retiene. Como siempre en mi vida me resulta muy complejo y cansado volver atrás, al origen de todos mis errores para solventarlos de raíz. Resulta extraño. A menudo conozco el principio de mis males, la maldita guía ajustada al revés en algún momento de mi vida pero no soy capaz de desmontarlo todo para, esta vez sí, montarlo de manera correcta.

Termino mi cerveza cansado. El sueño me vence. Cuelgo la primera percha dentro del armario antes de cerrarlo y meterme en la cama. Destierro los cajones sobrantes a la habitación vacía. Con los ojos entreabiertos observo brevemente mi nuevo Molten. Qué bonito queda a juego con las paredes recién pintadas.